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El día antes - 09/03/2008
Tanto hablar del día después, pero ¿qué hay del día antes? ¿Y el día antes de qué? ¿De haberme lanzado por primera vez al agua clorada de la natación de competición?
 
Tenía siete años y el día antes supongo que fue como otro cualquiera, pero con los astros a punto de confluir y alinearse de tal forma que la sencilla curiosidad por la piscina y la búsqueda de una actividad extra-escolar me iban a sumergir en un mundo al que sigo perteneciendo, a pesar del intervalo de siete años y medio en que me perdí sobre tierra firme.
 
Tampoco recuerdo qué hice durante las veinticuatro horas después de la última prueba que nadé, un 4x100 estilos en Palma el veintitres de mayo de 1999. Supongo que descansé y regresé a Madrid. Pero sí sé bien cómo ha sido mi ‘día después’. Y ha durado años.
 
Yo ya no compito. Pero durante ese largo ‘día después’ ha habido momentos en los que he reincidido sin querer o queriendo sin darme cuenta. He jugado un par de ligas y torneos primaverales de futbol y baloncesto en Bucarest entre equipos formados por embajadas de distintos países. En baloncesto los españoles fuimos terceros dos años seguidos. También me federé y jugué en una liga local rumana de basket. Pero me echaron del equipo. Sólo me dejaron jugar dos partidos por quejarme de que estaba demasiado tiempo en el banquillo.
 
Un verano en Ortigueira pensé que tendría gracia participar en un torneo de ajedrez rápido (partidas de cinco minutos). En otros tiempos el ajedrez y yo nos entendíamos bastante bien. Pues ya no. No tuvo mucha gracia. Ya no sé jugar ni rápido ni con la intensidad que requiere siquiera una partida normal. Me ganó primero el gran maestro de origen yugoslavo que luego ganó el torneo, como era de esperar. Luego me ganó otro así como yo. Y el siguiente. Y otra chica que me ganó con facilidad. Y al final me re-jaque-mató un niño de diez años, que fue corriendo contento a decírselo a su padre. Mientras seguía en directo mis andanzas en el tablero mi ahijado-hijastro, mi mujer leía el periódico y cuando veía que me acercaba tras cada derrota me miraba con cara de pena y preguntaba: ¿Perdido? Y yo asentía con melancolía galega e intentaba sonreír, como si no tuviera la más mínima importancia para mi herido ego de ex-competidor de élite.
 
Este verano pasado decidí lanzarme de nuevo a las aguas abiertas y me apunté a la travesía de la pequeña ciudad costera donde nació mi madre. A elegir, mil metros o cuatrocientos en el agua fresquita de la ría de Viveiro. No estaba yo como para prolongar el esfuerzo ni aguantar el agarrotamiento muscular por el frío más de lo estrictamente justo, teniendo en cuenta además que ya no nado nunca. Así que cuatrocientos metros me parecieron más que suficientes. El problema es que sólo los infantiles y alevines podían apuntarse a la distancia menor. O sea que después de observarme un rato a ver si la vergüenza de nadar con niños me hacía ceder y nadar el kilómetro de los hombres y mujeres valientes y competidores, los organizadores me permitieron nadar con los chavales fuera de concurso. Yo no pretendía concursar ni competir. Algunos niños (y algunos padres) se me quedaron mirando y pensando: qué peludo y qué barriga tiene ese chico ¿no?
 
Dejé de entrenar hace más de ocho años. Lo único que puede tener algún parecido con aquello ahora son mis carreritas dominicales por los parques de Villa Paganini, Villa Torlonia, o Villa Adda. Como mañana no puedo, esta mañana he tenido una sesión sabatina matinal extraordinaria. Hago una media horita de carrera continua. Unos tres mil metros de aeróbico ligero. Típica sesión de precampeonato pero sin los sprints de 25 desde arriba para ir viendo o convenciéndose de que uno va alcanzando la velocidad adecuada.
 
No sé muy bien a qué viene esto que os voy a contar. Unas navidades de hace unos cuantos años me acerqué a Ourense a nadar un trofeo anual, creo que era el Pedro Escudero. Nadé los 100 espalda, y 100 braza para variar y para demostrar cómo no hay que nadar braza. Lo más sorprendente que recuerdo de aquel trofeo fue lo que sucedió en la salida del 100 espalda. Estábamos los ocho nadadores en el agua esperando el ‘preparados’. Al oírselo al juez nos colocamos en posición y en máxima alerta. En ese momento siento que el chaval de la calle cinco se gira hacia mí y dice: ¡Ese caballo que viene de Bonanzaaa! ¡Joorrr! ¡¿Te das cuen?! Yo no me daba cuen y salí disparado con la señal. Algo confundido quizá por este chico con el que me las veía pero concentrado ya en la prueba y en el deslizamiento hasta los quince metros. No recuerdo si llegó a llamarme ‘pecador de la pradera’. No puedor.
 
Uno de los misterios relacionados con significados ocultos de palabras con los que me he encontrado y que más me ha intrigado está relacionado con la palabra natación en inglés. Tengo dos ediciones del Roget’s Thesaurus (diccionario de sinónimos) donde si buscas palabras con parecido significado a la palabra insanity (locura), entre ellas verás swimming. Esto lo descubrí en la época en que había abandonado este mad world nuestro, y me dejó perplejo durante algún tiempo. Ahora ya me he quedado tranquilo. Sé por experiencia que a todos nos puede nadar la mente. Y no hay más que observar a la vuelta de cada piscina, en algunos comentarios foreros, y básicamente en cualquier lugar. Quien esté libre de pecado que tire primero las gafas a las banderas, a ver si se libra del entreno. 
 
Por cierto, mañana nos vamos a Eindhoven. Suerte a todos.   
 
 
Carlos Ramos
 


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