Tracey Wickham o el “metrónomo” de la natación

Pocas veces, por no decir ninguna, se ha visto por las piscinas del mundo una nadadora que tuviera más sentido del ritmo que esta joven australiana, que, como buena “aussie”, llegó en edad muy temprana a la alta competición.
 
Tracey Wickham nació en Rosebud, pequeña localidad del Estado de Victoria cerca de Melbourne, un 24 de noviembre de 1962, y desde muy joven se aficionó a la natación, empezando a entrenarse a los ocho años. La gran tradición de las pruebas de fondo en la isla-continente, hizo que empezara a especializarse en ellas, progresando rápidamente, hasta el punto de que en 1976, con poco más de 13 años, formó parte del equipo pre-olímpico australiano con vista a los Juegos de Montreal.
 
En Montreal no consiguió pasar de los “trials”, eclipsada por una brillante generación de fondistas “aussies”, entre las que brillaban Michelle Ford (otra jovencísima estrella, solo cuatro meses mayor que Tracey), Jenny Turrall, Sally Lockier, Rosemary Milgate, o Helen Gray, aunque si demostró su valía al conseguir su entrada en el ranquing mundial, tanto de 400m. (12a. en 4,18”49), como en 800m. (19a. en 8,55”24). Sigue progresando al año siguiente, 1977, en que consigue un lugar entre las “top-ten”, al nadar los 400m. en 4,14”81, 7a. mejor marca mundial del año, mientras es la 8a. de los 800m., con 8,48”79.
 
Como cualquier fondista “aussie” que se precie de serlo, Tracey ha adoptado el típico crol de “2-tiempos” (como Ford, suplirá la falta de envergadura, ambas no miden más de 165 centímetros, con una alta frecuencia de brazada), y empieza a entrenarse con el método de entrenamiento preconizado por Robert Treffene, que desde tres o cuatro años antes han adoptado prácticamente los mejores entrenadores de fondistas “aussies”, con Steve Holland a la cabeza.
 
Sus progresos son innegables. Su rivalidad, solo deportiva, con Michelle Ford, para adjudicarse el dominio del fondo mundial, provoca auténtico “furor” entre los aficionados “aussies” a la natación. Si el 7 de enero de 1978, casi como regalo de Reyes, Ford devuelve a su país el récord mundial de los 800m., 8,34”86, récord que catorce días después, rebaja nuevamente a 8,31”30, Tracey responde inmediatamente, primero, el 8 de febrero, en Brisbane, con el récord mundial de los 1.500m., 16,14”93, arrebatándoselo a la norteamericana Alice Browne (16,24”60 del 21 de agosto de 1977), y quince días después, 23 de febrero, también en Brisbane, arrebata a su rival el de los 800m. con un tiempo de 8,30”53.
 
Aquel año va a ser importante para la natación australiana, puesto que en un corto lapso de tiempo, casi sobreponiéndose, se disputan dos grandes competiciones: entre el 4 y el 9 de agosto los Juegos de la Commonwealth (los Juegos Olímpicos de los países de habla inglesa), que se disputan en la canadiense Edmonton, y nueve días después, del 18 al 28, la tercera edición de los Campeonatos Mundiales, que se disputan en Berlín. A diferencia de muchos de sus compañeros de equipo, que optan por una u otra de las dos competiciones, Tracey no se conforma, y va a luchar por conseguir los cuatro títulos en disputa.
 
Edmonton. La rivalidad entre las dos australianas va a producir sus frutos, aunque será Tracey quien los recoja mejores. En los 400m. se impone claramente a Ford, 4,08”45 (a solo 62 del récord mundial, 4,07”66, de la norteamericana Kim Linehan), por 4,10”25, aunque la gran prueba la van a ofrecer en los 800m., prueba más favorable a las condiciones fisiológicas y estilísticas de ambas nadadoras. En una vibrante carrera, ambas rivales se libran a un enconado duelo desde los primeros metros, en el que Tracey cobra una substancial ventaja en su primera mitad, pasando por los 400m. en 4,14”00, por 4,15”33 de su rival, un parcial que no deja entrever, sin embargo, lo que va a ocurrir. En la segunda mitad, Tracey trata de mantener la ventaja conseguida, frente a una Ford que, largo a largo, va aumentando su frecuencia de brazada, intentando limar su desventaja. Tracey, sin embargo, responde a los ataques de su rival, con su misma táctica, aumentando también su frecuencia, y de esta manera consigue mantener su ventaja hasta el final, perdiendo solo unas pocas centésimas.
 
El público presente en la piscina contempla entusiasmado los tiempos de ambas nadadoras, 8,24”62 para Wickham, 8,25”78 para Ford, tiempos, ambos, que pulverizan literalmente el anterior récord de Tracey, 8,30”53. Lo que sin embargo deja sorprendidos a los presentes, además lógicamente de los tiempos señalados por ambas australianas, ha sido la forma de conseguirlos, nadando Wickham la segunda mitad en 4,10”62 (Ford un poco más rápida, 4,10”45, un tiempo teóricamente mucho mejor que los 4,10”25 de su prueba individual).
 
Era la primera vez que se conseguía un récord mundial de los 400m. nadando de una forma tan “negativa”, dando con ello razón a los entrenadores australianos que, desde hacia tiempo, abogaban por esta forma de encarar las pruebas de medio fondo y fondo.
 
Pocos días después, ambas nadadoras participan en los Mundiales de Berlín, aunque en la capital alemana la rival más peligrosa para Tracey no va a ser su compañera de equipo sino norteamericanas y alemanas de la DDR, puesto que Ford, parece haberse preparado más especialmente para la competición de Edmonton, y su paso por estos Mundiales se saldará con una “discreta” actuación (si discreta puede llamarse a un 5o. lugar en los 400m., y un 4o. en los 800m.).
 
En los 400m., Tracey tiene frente a ella a la recordista mundial, la citada Linehan, 4,07”66, a otra nadadora USA, Cynthia Woodhead (una de las revelaciones de este Mundial, en el que será campeona de los 200m., 1,58”53, récord mundial, pero también excelente especialista de 400, e incluso de 800m.), y a una de las mejores “walkirias”, Barbara Krause, ex-recordista mundial dos años antes, 4,11”69.
 
Mientras la alemana se “suicida” prácticamente con un primer hectómetro en 59”74, y desaparecerá de la lucha por el título a partir de aquel momento, Linehan comete el mismo error, intentando seguirla, 1,00”43, mientras Tracey y Woodhead, 1,01”16 y 1,01”19, inician la prueba con mayor prudencia.
 
Fiándolo todo a su mayor resistencia, Tracey deja que las dos norteamericanas aseguren el ritmo a partir del primer hectómetro, pasando tercera a mitad de prueba, 2,04”11 (por 2,03”78 de Linehan, y 2,03”82 de Woodhead), lanzando su ataque a partir de aquel momento, para nadar el tercer hectómetro en unos excelentes 1,01”47 que le permitan adelantar a Linehan, 3,05”58, por 3,06”27, y colocarse casi a la altura de Woodhead, 3,05”48. Aumentando todavía más su frecuencia de brazada, la australiana nadará el cuarto hectómetro en unos magníficos 1,00”70 (bastante más rápidos, pues, que el primero, teniendo en cuenta el salto de partida), para imponerse claramente con un nuevo récord mundial, 4,06”28, casi un segundo por delante de Woodhead, 4,07”15, y Linehan, 4,07”73.
 
Ha nadado la primera mitad de la prueba en 2,04”11, la segunda en 2,02”17, inaudito para una nadadora que tiene su mejor registro de 200m. en 2,01”50.
 
Los 800m. van a confirmar a la fondista australiana como la mejor de todos los tiempos, aunque sus rivales ya no se atrevan a intentar “romper” su ritmo, nadando por delante de ella. Cogiendo la cabeza desde los primeros metros, Wickham irá aumentando su ventaja al filo de cada largo, hasta terminar primera con un tiempo de 8,24”94, a solo 32 centésimas de su reciente récord mundial de Edmonton, claramente por delante de las dos nadadoras USA (Woodhead segunda en 8,29”35; Linehan tercera, 8,32”60).
 
Los parciales de estos 800m., sin embargo, son los que muestran perfectamente hasta donde lleva Tracey el dominio de su ritmo: 2,05”27; 2,06”93; 2,06”55, y 2,06”19, con sus dos mitades en 4,12”20, y 4,12”74. Con sus dos títulos de la Commonwealth, y otros tantos del Mundial, y sus récords de 400, 800, y 1.500m., domina, pues, claramente el medio fondo y fondo mundial.
 
Ahora empieza a pensar en la preparación olímpica, consciente de que se pueden ganar muchos títulos, pero que el qué más cuenta, casi diríamos el único, si se quiere llegar a estar en el Olimpo de la natación mundial, es, precisamente, el olímpico.
 
1979 empieza de la mejor manera, superando su quinto y último récord mundial, los 16,14”93 de 1.500m., que rebaja a 16,06”63, el 25 de febrero, en Perth, aunque no se prodiga excesivamente, lo que hace que termine la temporada abandonando el primer lugar de los ranquings mundiales (4a., tanto en el de 400m., 4,12”70, como en el de 800m., 8,36”39), prefiriendo dedicarse a “almacenar” quilómetros, con vistas a su preparación olímpica.
 
USA decreta el boicot a los Juegos de Moscú. El gobierno australiano, por su parte, lo deja a la decisión personal de cada deportista, “de acuerdo con su propia conciencia” (según palabras de su Primer Ministro). Actuando de acuerdo con su cabeza, que no con su corazón, que le pide no perder aquella ocasión, prácticamente única en su vida, Tracey, con algunos de sus compañeros, renuncia a la selección que se desplaza a Moscú, donde competirá, como algunos otros países, bajo la bandera olímpica, haciendo patente su protesta ante las autoridades soviéticas, y donde su compañera y rival Michelle Ford, con 8,28”90, conseguirá un título olímpico de 800m. que podría haberle estado destinado a ella.
 
Sin prácticamente competir aquel año, Tracey solo aparece en el ranquing mundial de los 400m. en el 17o. lugar con unos discretos 4,14”75, aunque se dispone a esperar los cuatro años que le permitan estar en sus primeros Juegos, para intentar conquistar lo que muy posiblemente ya hubiera sido suyo en la capital moscovita.
 
Sabe que en 1982, en mitad de este cuatrienio tiene dos competiciones que pueden ayudarla a mantener viva la “llama” hasta Los Angeles: los mundiales de Guayaquil, y los Juegos de la Commonwealth. 1981 es un año de cierto “impasse”, en el que retoma la competición, despues de su decepción del año anterior. No le va mal, puesto que aparece en 5o. lugar del rànquing mundial de los 400m., 4,11”31; 6a. del de 800m., 8,33”65, y 5a. del de 1.500m., 16,26”73, pareciendo estar en el buen camino para su recuperación.
 
En Brisbane, donde se reúnen el centenar largo de países que conforman la organización de la Commonwealth, Tracey sabe que está en el buen camino, al revalidar sin grandes problemas sus dos títulos, 400 y 800m., imponiéndose en la distancia corta a la inglesa Jackie Willmott, 4,08”82, por 4,13”04, mientras en la larga lo hace nuevamente frente a su inveterada rival, Michelle Ford, 8,29”05, por 8,33”74, e incluso demuestra un cierto progreso en su velocidad base, al superar el personal de 200m., con 2,00”60. Vuelve a ser nuevamente la mejor del año en los 400m., y segunda en los 800m., solo por detrás de otra de sus grandes rivales, Kim Linehan.
 
Sin embargo la situación da un giro dramático a finales de aquel mismo año 1982. Si, como parece, la condición física no presenta problemas, no así la mental, que parece no ser la más adecuada para continuar trabajando arduamente dos años más, el tiempo necesario para estar en Los Ángeles. Tracey, a sus jóvenes 20 años, no se siente, sin embargo, con fuerzas para continuar afrontando su reto, y antes que defraudar a los aficionados “aussies”, y a sus “fans”, prefiere la retirada, ahora que acaba de conseguir otros dos títulos de la Commonwealth, sus más preciados galardones. No será campeona olímpica.
 
Sus dos mejores récords perdurarán, todavía, unos cuantos años. Los 4,06”28 no serán superados hasta el 20 de diciembre de 1987, cuando la norteamericana Janet Evans señale 4,05”45; los 8,24”62 de 800m., unos meses más, cuando el 27 de julio del mismo 1987, la propia Evans consigue unos 8,22”44; el del quilómetro y medio, en cambio, una distancia que no entra en el programa de las grandes competiciones, apenas le ha durado seis meses, superado por Linehan, 16,04”49, el 19 de agosto de 1979, aunque la verdad es que tampoco la australiana se ha preocupado excesivamente de recobrarlo, más embebida en la preparación de sus dos distancias preferidas, 400 y 800m.
 
Aunque se deplora su retirada, tanto más que no deja ninguna posible sucesora, Tracey no será olvidada por la natación “aussie”. En 1978, todavía en activo, y como premio por sus títulos de la Commonwealth, había sido recibida en la “Muy Excelente Orden del Imperio Británico”.
 
Después, en 1986, es entronizada en el “Hall of Fame” de la natación australiana; seis años después, en 1992, le llega al turno al “Hall of Fame” de Fort Lauderdale; el 2000 se le otorga la “Australian Sports Medal”, recompensando sus triunfos deportivos, y el 2005, recibe la “Order of Australian Medal”, agradeciéndole los servicios prestados en la difusión, enseñanza y entrenamiento de la natación entre los jóvenes.
 
Casada y con dos hijos, con una vida feliz dedicada a los negocios, y una intensa actividad en la TV, la tragedia llamará, desgraciadamente, a su puerta. Su hija Hanna Ciobo, de tan solo 19 años, muere el 4 de octubre del 2007, al final de una terrible lucha de tres años, aquejada de un sarcoma sinovial, una rara forma de cáncer, al que vence en dos ocasiones, a costa de un difícil y penoso tratamiento que incluye cirugía, quimioterapia y radioterapia, pero que claudica finalmente cuando reaparece por tercera vez.
 
Tres horas antes de su muerte, se ha casado en una emotiva ceremonia con su novio, Tom O’Driscoll (también aquejado de un cáncer, al que, sin embargo, ha logrado sobrevivir).
 
Tracey necesita atención psiquiátrica, e incluso llega a pensar en el suicidio, antes de conseguir remontar su desesperada situación. No es el final que se espera, después de una vida con tantos éxitos deportivos, pero no siempre las historias acaban bien, y esta es, desgraciadamente, una de ellas.
 
Guillem Alsina