Cuando Literatura y Deporte se unen

George Gordon Noël Byron, sexto Barón Byron, más conocido como Lord Byron, nació en Londres en 1788, descendiente de una familia normanda de rancio abolengo (se dice que uno de sus antepasados estaba con Guillermo el Conquistador, cuando este conquistó las Islas Británicas), y fue uno de los primeros poetas románticos que hizo verdadero honor a su nombre, llevando una vida totalmente bohemia, y, por qué no decirlo, bastante libertina. A los 19 años publicaba su primera obra, “Horas de ocio”.
 
Entre 1809 y 1812 viajó por España, Portugal, Grecia y Turquía, componiendo a su regreso los dos primeros cantos de “Peregrinaje de Childe Harold”, una obra autobiográfica que lo hizo famoso rápidamente. Entre 1813 y 1816, imitó a Walter Scott en sus obras poéticas, “La infiel”, “La novia de Abydos”, “El corsario”, y “El sitio de Corinto”, el carácter exótico y romántico, a la vez que siniestros, de los cuales lo convirtieron en el ídolo de los círculos aristocráticos.
 
En 1815 se casó con Ana Isabel Milbanke, que se separó de él un año más tarde, acusándolo de crueldad y locura, así como también de haber mantenido relaciones incestuosas con su hermanastra Augusta Leigh, por lo que, repudiado por los mismos círculos que lo habían idolatrado, decidió abandonar para siempre Inglaterra. Viajó por Alemania, Bélgica, y Suiza, donde tuvo un “affaire” amorosa con la cuñada del también poeta Shelley. Compuso entonces el tercer canto del “Peregrinaje de Childe Harold, escribiendo el cuarto al año siguiente en Florencia, así como los dramas “Manfredo”, “Cain”, y otros varias que aumentaron, si todavía cabe, su gran fama. En 1821 se estableció en Pisa, pero su personalidad inquieta y romántica le llevó a participar en la lucha de Grecia por su independencia de Turquia, muriendo en 1824, de unas fiebres reumáticas, cuando asistía al sitio de Mesolóngion, dejando tras él la huella del perfecto individualismo romántico.
 
Hasta aquí la más o menos biografía de este gran poeta que no parece tener nada que ver con nuestro deporte, aunque, a partir de aquí, veremos el por qué ha sido llamado a aparecer en las páginas de esta web. y lo es, precisamente, porqué Lord Byron, junto a otro personaje, ni tan famoso ni tan conocido, fue el primero en lanzarse al agua para efectuar una travesía deportiva, es decir, sin ningún fin utilitario.
 
Corría el año 1810, y con solo 22 años, el bueno de Byron sentía como se le despertaba de manera incontenible su vena romántica. Estaba en Grecia, más concretamente junto al Estrecho de los Dardanelos, donde termina Europa, contemplando la ribera opuesta, donde nace Asia (aunque en aquel momento ambas orillas se encontraban en poder de los turcos, que dominaban la tierra antiguamente griega).
 
Rememoró entonces una de las leyendas de la antigua Grecia, según la cual Leandro, un griego de Abydos, en la costa asiática, se enamoró de Hero, una griega de Systos, en la costa europea, es decir, prácticamente vecinos, pero separados, ¡ ay de ellos !, por un brazo de mar, relativamente estrecho, unos 1.250 metros, pero de fuertes corrientes y mar embravecido la mayoría de ocasiones. La condición de sacerdotisa y la familia de Hero se oponían a la boda de los dos enamorados, pero estos, decididos a todo, no dejaron de verse. Cada noche, guiado por un lucero encendido que su amada Hero depositaba en lo alto de una torre, Leandro se echaba al agua para atravesar aquel brazo de mar, y reunirse con ella.
 
Una noche, ¡ noche aciaga y terrible !, (como diría un buen romántico), el viento apagó el farol de la desgraciada Hero. Leandro, vapuleado por las olas, vagó sin rumbo fijo por el proceloso mar, hasta quedar agotado, muriendo de frio y de fatiga. Hero lo espero en vano. Por la mañana, cuando la corriente devolvió a la playa el cuerpo inanimado de su amado, la infeliz, incapaz de soportar su dolor, se precipitó desde lo alto de la torre, hundiéndose en el mar. Como buena leyenda romántica, la tragedia terminó con la reunión de los dos cadáveres reunidos en estrecho y amoroso abrazo.
 
Joven, y romántico, al fin y al cabo, Lord Byron no se libró del romanticismo de aquella bella leyenda, y quiso rememorar la travesía de Leandro. El 16 de abril de 1810, acompañado de uno de sus “compinches” de juerga y farras, el Teniente Ekenhead, hicieron una primera tentativa que fracasó por el estado del mar. Sin desmayar, reincidieron pocos días más tarde, el 3 de mayo. Después de 65 minutos de nado, Ekenhead tocó tierra; cinco minutos después lo hacia el famoso poeta.
 
La gesta tuvo un inmenso impacto en la Gran Bretaña, dada la fama de Byron, despertando una gran afición por la natación, que pocos años después comenzó a plasmarse en clubs y competiciones, por lo que se puede decir que esta hazaña fue el principio lejano de la natación de competición.
 
Sin embargo, la de los Dardanelos no fue la única gesta natatoria del gran poeta, que tuvo otras ocasiones para demostrar sus artes dentro del agua, como la travesía del Golfo de La Spezia, de unos seis kilómetros de longitud, o la de los canales de Venecia, en 1818, a raíz de un desafío con el Caballero francés Mengaldo. Saliendo de la isla de Lido, el poeta remonta el Gran Canal; mientras el francés se retira, aterido de frio, Byron continua su esfuerzo hasta salir nuevamente a mar abierto, al otro lado de la ciudad, después de nadar un total de cuatro horas y veinte minutos.
Guillem Alsina