Puertas abiertas

6:45. Abro los ojos y suena la alarma. Remoloneo cinco minutos y abrazo a Diana. Me levanto y abro la puerta.
 
Desayuno mientras cepillo a la gata. Luego me ducho y salgo a la calle. En el coche voy escuchando una cinta que le pedí a un amigo, mariposista del 72, que me grabara hace años. Le di la cinta virgen y el doble vinilo que me había regalado otro amigo, gran espaldista y un año menor que yo. Casi siempre me ganó, hasta que se cansó y se retiró. Qué magnífico disco doble de Prince me regaló aquel amigo invisible. The latest fashion me hace pensar en el Gran Gatsby y Joy in repetition canta el poder de dos palabras, y de la repetición. Otra canción dice: Nothing comes from dreamers but dreams, o sea ‘soñando soñando, acabé soñando’. Así se alegra el camino en el repetido atasco eterno de Foro Itálico. Y mi jefe se ríe de mí porque aún escucho cintas de audio; él viene en moto. Cuando paso delante del Ospedale San Pietro está el guardia de circulación de todos los días, avivando el paso de los conductores, saludando casi de uno en uno con un milimétrico movimiento de los ojos mientras le vuelan las manos. Es como un colega que ves cada mañana. Se parece a Fernando Rey, pero más estirado y más guapo. 
 
Llego a Via Cassia 929 a las 8:15. El portero me da tres sobres y un cd que han llegado por correo. Abro las puertas de la oficina y subo las persianas. En la entrada hay un cuadro de un equipo de water polo de otra época con bañadores a rayas, bigotes y monóculo. Detrás de ellos se ven hombres con sombreros de copa ondeando banderas. En la base de la escalera hay un trofeo. Es de 1927, se llama Trofeo Bologna y es una copa posada sobre las alas extendidas de un águila. La ganaron cuatro chicas de Gran Bretaña adjudicándose así el primer título continental de relevos 4×100 libres (ganaron a Holanda por seis décimas de segundo). Al llegar a casa decidieron que el trofeo no debía quedar encerrado tras una vitrina y que lo harían circular en función de quién venciera una competición anual triangular entre Escocia, Gales e Inglaterra (las tres naciones tenían representantes en aquel relevo campeón de Europa). Esa competición se inauguró en 1929 y duró hasta 1972. En el Congreso de Londres de 2004 British Swimming devolvió el trofeo a la Liga Europea.          
 
En la planta de abajo estamos las chicas: mis tres compañeras y yo. Siendo ellas mayoría y formando un equipo unido podemos decir que las chicas estamos abajo. Ellas dicen que aprenderé tanto de las mujeres escuchándolas que mejorará sensiblemente mi relación con mi mujer. Por ahora he aprendido tres cosas: 1) no hay que comprar nada en el Benetton de Fiumicino; 2) de vez en cuando conviene decirles: “eso que llevas puesto es delicioso”; y 3) no me acuerdo del tercero pero sé que algo más me han enseñado. Quieren que les deje el baño de abajo para su uso exclusivo. No entiendo por qué. Ya subo al primer piso con bastante frecuencia por otros motivos. Esas subidas son el único trabajo anaeróbico que me permito hoy en día, muy explosivo y muy reducido con relación al de antaño, pero noto enseguida la acumulación de ácido láctico.
 
Hace unos días, le di la vuelta a mi escritorio aprovechando mejor el espacio y respetando las sugerencias del Feng Shui (que no es el nadador chino de 100 mariposa). Una de mis colegas se queja ahora de que le falto al respeto porque le doy la espalda. Peor sería que no le diera nada. Además, ella también fue espaldista. He puesto en la ventana una vela, una figura de cera de un gordo feliz en bañador y con gafas, que para mí representa y recuerda a los Masters. En la pared a la derecha colgué el póster de Montecarlo ’96 donde definitivamente no me clasifiqué para los Juegos. Delante tengo dos pósters de Madrid 2004 donde veo a un querido compañero del Canoe y la Puerta de Alcalá y a las chicas de sincro nadando sincronizadas en la fuente de Cibeles. Entre ambos he puesto el pequeño grito de Munch que me acompaña desde mi época en la Blume. Curioso que lo primero que encontré en mi mesa el primero de diciembre de 2006 fuera un dossier sobre el descenso a la ría de Navia. He puesto una foto en la pared en la que estoy con mis padres helado de frío después de nadar esperando a que se calmen los temblores para tomar el chocolate caliente y el ‘bollu preñáu’. También tengo muy cerca un dibujo familiar hecho por Nico cuando tenía nueve años. 
 
En la cocina comemos todos juntos cada día y en ella se preparan mis compañeros sus dosis diarias de café. Los chicos están arriba. Hay cuatro despachos, una sala de reuniones, y un baño, claro. En la sala de reuniones hay un póster enorme de Roma ’94 con dos jugadores de water polo agarrados. Hay otro de Fukuoka 2001 con una especie de humanoide acuático, un verdadero aqua-man, que sale disparado de una pistola de agua. También hay un cuadro en acuarela o témpera que representa una piscina y los nadadores forman las palabras ‘Campionat de Natació de Barcelona’, firmado y fechado en 2003. En el pasillo hay un póster de Rostock ’96 y en la sala de fotocopias y fax (en la planta baja) hay otro pequeño de Sevilla ’97.
 
Resulta que otro día tengo que ir al trabajo en autobús. He dejado el coche en el Taller Augusteo para que el venerable sabio de las máquinas le suavice la transmisión: la primera no entraba ni pidiendo permiso. Camino hacia Via Paisiello donde esperaré el 223. En Via Po, paso delante de un edificio con una gran placa metálica donde por el aspecto exterior de la fachada debería verse escrito algo así como ‘Alcatraz Asylum’ o ‘Shawshank Penitentiary’. He visto comisarías de policía y cuarteles de la guardia civil más acogedores. Lo que en realidad pone en la placa es ‘Federcalcio’. ¿Qué esconderán allí dentro?¿Alguna copa?
 
Ya en la parada, espero diez minutos y llega el autobús. Se abre la puerta.
 
Carlos Ramos
Carlos Ramos es un ex nadador internacional español. Actualmente trabaja en los servicios administrativos de la LEN en Roma.