Ropa vieja

Llegué a casa por Navidad. A casa de mi madre. Catorce horas en tren desde Barcelona y luego hora y media de Lugo a Burela en coche, sin atascos. Un pouquiño de mimo materno, comida rica, y a dormir.
 
Por estas fechas mi madre suele preparar pimientos del piquillo rellenos de merluza y gamba o pollo, según convenga. También mete un pavo en el horno y lo rellena de relleno. Buenísimo. Otro día prepara unos filetes con cebolla y arroz que no fallan, alcanzan determinadas zonas de mi paladar, y satisfacen algo que me pide el cuerpo. Luego están ‘las mariquitas’. Así llaman en Cuba a las rodajitas fritas de plátano verde. Qué delicia. Este año no he visto los frijoles negros de todos los años, espectaculares con arroz blanco y que nunca habían faltado en nuestra casa. Lo que hace mucho tiempo que no comemos es ‘ropa vieja’, carne de cerdo deshilachada con pimiento verde y rojo, cebolla y el sempiterno arroz.  
 
“Hijo, sube al desván y mira a ver qué quieres hacer con todas aquellas cosas tuyas que tienes ahí abandonadas. Anda, al menos échale un vistazo a aquellos chandals viejos de colorines que salieron a la superficie la última vez que subí a poner un poco de orden en ese caos.”
 
Mi madre se refería a:
 
  1)  un polo austral de España que desarrolla desde hace años un tono amarillo sospechoso de ser caldo de cultivo de bacterias o armas biológicas de última generación.
 
  2)  una camiseta amarilla de la Confederacao Brasileira de Desportos Aquáticos.
 
  3)  un pantalón de chandal austral con el lema ‘this is sport’.
 
  4)  una chaqueta de chandal de la selección gallega que me dio un amigo a cambio de una de la selección de Madrid. Con qué orgullo llevé o nome de miña terra escrita na espalda aunque no pude nadar espalda ni nada no equipo galego cos outros nadadores galegos nos campeonatos autonómicos.
 
  5)  el chandal kelme de los juegos del mediterráneo de 1993 con el mismo diseño del año anterior en la olimpiada de Barcelona pero hecho de un material de peor calidad. Qué ilusión sentí al recibir esa equipación. Me parecía que participaba un poco en aquellos juegos. Que ya era un poquito olímpico, casi un año después de la clausura. 
 
  6)  mi primera chaqueta de chandal de la selección española. O la segunda, la primera me la robaron en el comedor del hotel durante la competición. Yo estaba desesperado. Tenía un par de compañeros del Canoe en aquella selección (en realidad éramos cuatro). Y los dos más impresentables se dedicaron a meter cizaña y a fastidiar. Me decían: “han sido los catalanes que son unos cabrones”. Y luego decían a los catalanes: “cuidado con el coyote que os quiere robar el chandal”. Cuando llegué a Madrid fui a la Federación, al despacho del director técnico, y le dije que quería comprar otra chaqueta. Me observó con seriedad y dijo: “anda, toma.” Gracias Fernando.
 
No tengo muy claro qué haré con todo esto, pero al menos se lo quito de encima a mi madre. Lo que no he podido evitar es el catarro y dolor de garganta tan frecuentes en esta época del año. Aparte de la miel con limón calentita por la mañana que ya forma parte de los remedios habituales para este mal, mi madre me sorprende con algo nuevo que jamás hubiera pensado que pudiera curar una garganta maltrecha. “Hijo, duerme con un calcetín pegado al cuello toda la noche. Verás cómo te hace bien. Pero tiene que ser el calcetín que has llevado en el pie todo el día. Cuanto más sudado mejor.” ¿Quién demonios será ese Doctor Chemari que convence a nuestras madres que cosas como ésta puedan hacer algún bien a sus hijos? ¿Y qué pensar de uno mismo que se lo traga y pasa la noche con dos calcetines atados alrededor del cuello? Dos calcetines que han estado en mis pies los dos últimos días. Uno solo no bastaba para rodearme el cuello así que me até los dos juntos. Al menos la congestión nasal que acompaña el catarro sirve para algo. Pero el pañuelo alias calcetín sucio toda la noche no tuvo ningún efecto terapéutico. Aún sabiendo que la intención era buena.       
 
 Son las 7 de la tarde. Felices fiestas.
 
Carlos Ramos