Un día al cabo del tiempo

Salí de la oficina ayer a las 17h. Tenía que ir a recoger el coche al taller de Augusto. Si alguna vez vivís en esta ciudad os recomiendo que tengáis un mecánico proclamado con ese título (o nombre) y que trabaje a la sombra de la cúpula de Miguel Ángel. Inspira confianza.
 
Tomé un autobús que recorre Via Cassia y lleva a Piazza Mancini. Allí me subí a otro que te deja en Via della Conciliazione. Caminé hacia San Pedro, hacia los brazos abiertos de Bernini. Pero me desvié a la izquierda para ir a dar con Via delle Fornaci donde el venerable Augusto realiza su labor.
 
Cuando salí de Piazza Mancini en el segundo bus, enseguida pasamos por el Estadio Olímpico, iluminado y preparado para recibir al Olympiakos en su partido con la Lazio. Mucha, mucha policía.
 
En esa parada se subieron al autobús dos chicas con el pelo algo húmedo que llevaban bolsas Arena de buen tamaño y bien repletas. Las bolsas tenían sus nombres pintados y algún llavero con un peluche pequeño. El olor que traían las chicas me era muy familiar. Para ser más exacto diré que me había sido muy familiar en otra época. Pero lo recuerdo bien.        
 
Las chicas se sentaron una delante de mi y la otra a mi lado. También con nosotros había una mujer que miraba todo con los ojos muy abiertos y que parecía un poco fuera de onda. Yo tenía curiosidad por estas evidentes nadadoras de competición pero no tenía ganas de molestarlas. Mi timidez me pudo. Por suerte la mujer curiosa no era tímida. Y enseguida se puso a preguntar cosas y a contar que ella también había sido nadadora. La que estaba sentada delante de mi contestaba escuetamente pero debidamente mientras la otra chica estaba concentrada haciendo sudokus con un cacharrito electrónico. La mujer tenía mucha curiosidad y muchas ganas de hablar. Yo no oía todo pero iba captando algunas palabras sueltas que me dieron algunos datos de las nadadoras. ‘Qué hambre tendréis después de entrenar, ¿no? Eso lo recuerdo’. La mujer hablaba y hablaba. Su interlocutora miraba por la ventana a ratos y giraba la cabeza de vez en cuando para responder, con paciencia y educación. Le preguntó si vivía lejos. Dijo el nombre del barrio. La mujer se asombró y dijo que entonces tenía que seguir luego en metro hasta casa. La chica asintió: largo trayecto diario. Comentaron lo de la huelga del viernes que viene. Más bien, las huelgas del viernes que viene. La mujer se bajó en su parada despidiéndose amablemente.  
 
Me quedé con ganas de saber alguna cosa más. Me lo pensé, lo debatí rápidamente con mi timidez y finalmente dije: ‘¿Puedo preguntarte algo? ¿Cuántas sesiones de entrenamiento hacéis a la semana?’. Me dijo que seis, una al día. ‘¿Y cuántos metros habéis hecho hoy?’ Ocho kilómetros. ‘¿En dos horas?’ Habían hecho ‘palestra’ también. Tendrían unos catorce o quince años. Me despedí y me fui a mi encuentro con Augusto sintiéndome de nuevo un poquito nadador. Estas chicas de la Aurelia Nuoto tienen un nuevo fan.
 
A las ocho, llegué a casa y me comí tres platos de pasta.
 
 
Carlos Ramos