Duke Kahanamoku. El héroe hawaiano

Hablar de Duke Paoa Kahinu Mokoe Hulikohola Kahanamoku (así, tal como suena, aunque todo ello queda finalmente reducido al más conocido Duke Kahanamoku), es como tener en la retina las doradas playas de Hawai, con sus tiburones, las enormes olas aprovechadas por los “surfers” para dar envidia con sus espectaculares piruetas, y bellas indígenas bailando el “hula” bajo las palmeras de playas de suave arena, o entonando sus tristes “alohas” al viajero que se aleja de aquellas míticas tierras, porqué allí fue precisamente donde nació, vivió, y murió este mítico personaje que tanto daba (i espero que me perdone la frase) para un barrido como para un fregado.
 
Nacido un 24 de agosto de 1890 en Waikiki, ya desde pequeño mostró sus preferencias por el deporte, aunque este no era precisamente la natación. Siempre que podía escaparse de clase, podían encontrarle en la famosa playa de Waikiki, montado sobre una tabla, sorteando las inmensas olas que hacían la delicia de los que se dedicaban a aquel nuevo deporte del “surf”.
 
No fue hasta 1911 cuando se tomó seriamente la natación, al conseguir unos 55”4 en las 100y.crol, un tiempo que estaba a solo 6 décimas de segundo del récord mundial que el norteamericano Charles Daniels había conseguido en abril del año anterior, 1910. Al año siguiente, 1912, se trasladó a los Estados Unidos (bien, en realidad no se movió de ellos, puesto que Hawai había sido anexionado por los USA en 1894, aunque no se convirtió en estado de la Unión hasta 1959) para competir en los “trials” para formar el equipo olímpico que debía competir aquel año en los Juegos de Estocolmo, ganándose fácilmente su sitio para la prueba de los 100m., y el 4x200m.
 
En la capital sueca, Kahanamoku domina como quiere el hectómetro. En las eliminatorias, 1,02”6, supera claramente el récord olímpico que su compatriota Percy McGillivray había dejado poco antes en 1,04”8, un tiempo muy superior, por lo menos teóricamente, al mundial del alemán Kurt Bretting, 1,02”4, conseguido pocas semanas antes, 6 de abril, en Bruselas, p.25m. (i, según parece, con ayuda del “walking-step”, es decir, la posibilidad de hacer dos o tres pasos antes del viraje cuando la piscina, en alguno de sus extremos, no tenia la profundidad necesaria para nadar). Al día siguiente, en el curso de las “semis”, Kahanamoku rebaja su récord olímpico en dos décimas de segundo, 1,02”4, igualando el mundial (aunque en aquel tiempo el récord más antiguo era el único que se consideraba oficial).
 
Un incidente por la mañana, antes de la disputa de los cuartos de final, había estado a punto de impedir la participación de los velocistas USA en ellos, cuando al no haberse enterado de que los organizadores habían avanzado el inicio de las pruebas se presentan en ella cuando el juez de salidas ha “pasado lista” a los clasificados para cuartos de final. De nada sirven las protestas ni las peticiones de los tres velocistas norteamericanos y sus dirigentes para ser readmitidos, cuando, en uno de los gestos más deportivos que han visto los Juegos Olímpicos, el australiano Cecil Healy, otro de los favoritos al título olímpico, y a quien el hecho de que sus tres rivales USA “desaparecieran” de la competición, le otorgaba prácticamente el título olímpico, se dirige a los jueces para decirles que si no se permite la inclusión de sus rivales en la competición, él también se retirara de ella.
 
Su deportiva actitud convenció totalmente a los jueces, que acordaron la “repesca” de los tres norteamericanos, que a partir de aquel momento no tuvieron problemas para pasar a la final, en la que Kahanamoku, haciendo gala de una superioridad nunca vista, consigue su primer título olímpico, 1,03”4, sin llegar a superar su récord olímpico, seguido de Healy, 1,04”6, y de otro norteamericano, Kenneth Huszagh, 1,05”6, y Bretting, 1,05”8.
 
Todavía añade una segunda medalla a su maleta, aunque esta de plata, cuando junto a sus compañeros de cuarteto, no puede imponerse al equipo de “Australasia” (formado por tres nadadores de Australia y uno de Nueva Zelanda) que les “sacan” prácticamente diez segundos de ventaja.
 
Después, una larga “tournée” (empleando el lenguaje de la época) por Europa, permitirá a Kahanamoku refrendar su título olímpico con un nuevo récord mundial, cuando en Hamburgo, en piscina de dimensiones olímpicas (es decir, de 100m. de longitud) rebaja el tiempo del alemán hasta 1,01”6, un tiempo que, siempre teóricamente, se acercaría al minuto en p.25m., si tenemos en cuenta que Kahanamoku no ha gozado de las ventajas de ningún viraje, contra los tres que podría hacer en una piscina de 25m.
 
No hay duda que el hecho de que los USA no padecieran la guerra en su propio suelo, benefició extraordinariamente el progreso de la natación en aquel país, puesto que fue allí, y en Australia, donde se pudieron desarrollar, al amparo de su relativa paz, los métodos de entrenamiento y el progreso técnico de los diferentes estilos. Kahanamoku fue uno de los que se benefició de estas circunstancias.
 
El 5 de julio de 1913, en San Francisco, p.100y., rebaja el récord mundial de las 100y. con un tiempo de 54”6, dos décimas menos que los mencionados 54”8 de Daniels; dos años después, inaugura prácticamente 1915, 2 de enero, con otro récord mundial de las 100y., ahora en 53”8, nadando en Sydney, también en p.100y., récord que el 11 de junio de aquel mismo 1915 deja en 53”2, conseguidos en Honolulu, igualmente en p.100y. Cerrando la serie de las 100y., el 5 de septiembre de 1917 deja el récord en los definitivos 53”0, también en la capital hawaiana, aunque esta vez beneficiándose de los 3 virajes de rigor, es decir, en p.25y.
 
Es su último récord en esta distancia, que solo será superado por el otro “monstruo” de la natación USA de aquella época, Johnny “Tarzán” Weissmuller en 1922, con 52”6. El hawaiano domina la velocidad mundial y solo la guerra le impide seguramente (“no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo”) coronarse con los laureles olímpicos por segunda vez. 
 
En 1918 la emprende con el hectómetro. El 9 de agosto, en Nueva York, p.100m., supera sus 1,01”6, dejándolos en 1,01”4. Nada más hasta 1920, cuando sin ningún problema, y a pesar de sus 30 años (una edad respetable para un nadador de aquella época) consigue una fácil calificación para sus segundos Juegos Olímpicos, que vuelven a disputarse en Europa, más exactamente en Amberes. Allí, y como ocho años antes, el hawaiano domina los Juegos con su impronta.
 
Está en su carácter no ahorrar energías ni en las eliminatorias, ni en semifinales, igualando su récord olímpico, 1,02”4, en las primeras, 1,01”8, y rebajándolo a 1,01”4 en las segundas, igualando su mundial de 1918, antes de afrontar una final que no se presenta difícil por la gran superioridad que exhibe el hawaiano. y aunque efectivamente es así, Kahanamoku no solo se contenta con vencer, sino que también intenta convencer, y lo hace a conciencia, cuando con unos magníficos 1,00”4 pulveriza su récord mundial en un segundo exacto, colocándolo a las puertas del muro del “minuto” (un “muro” que, siempre, repetimos, teóricamente, ya es el primer en traspasar, puesto que estos 60”4 en una piscina de 100m., equivalen sin ninguna duda a unos 59”5, o menos, en una piscina de 25m.). Aquel mismo día, 24 de agosto de 1920, Kahanamoku festejaba de manera triunfal su trigésimo aniversario.
 
Sin embargo, si en Estocolmo hubo polémica en los cuartos de final del hectómetro, en Amberes vuelve a haberla, pero en la final. Amberes son los últimos Juegos que se disputan en una piscina que no dispone de separaciones entre los callejones que cada nadador tiene destinados, por lo que cada uno, además de sus adversarios, tiene que preocuparse, bajo pena de descalificación, de mantenerse dentro del espacio que se le ha adjudicado en el sorteo (en aquel tiempo el orden de callejones se decidía por sorteo, no por los tiempos conseguidos), lo que es relativamente fácil en las pruebas de braza, no tanto en las de crol, y mucho menos ya en las de espalda. En la final de Amberes, y una vez disputada la final, hay una reclamación del australiano William Herald, cuarto de esta final, contra el norteamericano Norman Ross, tercero, alegando que ha invadido “su terreno”, molestándolo en su recorrido. Convocado el jurado, falla en favor del nadador “aussie”, por lo que, de acuerdo con el reglamento, tiene que repetirse la final.
 
Esta segunda final, sin embargo, cambiará ligeramente la clasificación de la primera, y, lógicamente, los tiempos. Duke no tiene ningún problema para imponerse de nuevo, aunque ahora lo hace con un tiempo ligeramente peor, 1,01”4, por delante de su compatriota (otra “joya” hawaiana del equipo USA) Pua Kealoha, 1,02”6, y de un tercer velocista USA, William Harris, 1,03”0 (que es el gran beneficiado de esta segunda final, puesto que solo había sido quinto y último de la primera final con 1,03”2), por delante de Herald, cuarto en 1,03”8, repitiendo lugar y tiempo de la primera final (Ross, descalificado, ha sido apartado de esta final).
 
Se le reconoce a Kahanamoku, en cambio, el 60”4 conseguido en la primera final, como récord olímpico y mundial (al no haber intervenido en la “trifulca” generada), por lo que, finalmente, y ello en el plan ya totalmente anecdótico, resulta que el hawaiano es oficialmente campeón olímpico cinco días después de haber cumplido sus 30 años, convirtiéndose así en el único campeón olímpico que ha conseguido el título pasados los 30 años, y hasta 1956 será el “menos joven”, hombre o mujer, de la historia de la natación olímpica (aquel año la alemana Ursula Happe ganaba los 200m.braza de los Juegos de Melbourne, a los 30 años 1 mes y 10 días, y en Atenas-2004 la holandesa Inge de Bruijn batía el récord con 30 años, 11 meses, y 28 días, al ganar los 50m.crol).
 
Pero la vida no perdona ni siquiera a los mejores, y en el horizonte de la natación empieza a aparecer quien hará olvidar al “viejo” Kahanamoku, “TarzánWeissmuller, que en 1922 le arrebata sus récords de 100y. y 100m., poniéndole difícil, por no decir imposible, pensar en aquel tercer título que (seguramente) debería estar en su poder de no haber sido por la contienda mundial. Sin embargo, y acostumbrado a luchar frente a las altas olas sobre su tabla de surf, Kahanamoku encara los Juegos de París-1924 con la moral alta, y el deportivo deseo de no rendirse antes de “pelearse” con el que ya es su sucesor contrastado.
 
Las eliminatorias y semifinales, 1,04”3 y 1,01”6, lo devuelven sin embargo a la cruda realidad, al verse claramente superado por Weissmuller, y lo que es peor, sin poder acercarse a aquellos 1,00”4 con los que había conseguido el título en Amberes, que era la única forma de “espantar” un poco a su rival, y tener posibilidades de vencerle en la final. y así es en efecto, Weissmuller se impone claramente en la final, 59”0, por delante de la pareja Kahanamoku, con Duke segundo en 1,01”4, y su hermano Sam tercero en 1,01”8. Es la primera vez, y única hasta el momento, que una pareja de hermanos sube al podio olímpico de una misma prueba, y también convierten a Duke, por lo menos oficialmente, en el nadador “menos joven” que ha subido a un podio olímpico de natación (y decimos “oficialmente” puesto que el británico William Robinson parece haber sido segundo de los 200m.braza de los Juegos de Londres-1908, a la edad de 38 años, aunque no hemos podido confirmar de manera fehaciente este dato).
 
La vida natatoria de Kahanamoku ha terminado, aunque todavía dará unos “coletazos”. En 1928, con 38 años, todavía será suplente del equipo de water-polo que participa en los Juegos de Amsterdam; cuatro años más tarde, con 42, y veinte años después de su primer triunfo olímpico, se presenta a los “trials” USA, de los que es eliminado. El magnífico hawaiano, se lo toma con una buena dosis de filosofía, “siempre lo mismo, las piernas; todo va bien hasta los 60 o 70 metros, luego ya no puedo más”.
 
Kahanamoku representa en el estilo crol el eslabón que partiendo del crol de Dick Cavill, Cecil Healy, o Charles Daniels, lo perfecciona todavía más, para entregarlo a manos de Weissmuller, que será el encargado de llevarlo a la máxima perfección. El hawaiano aporta las mejoras que ha aprendido de sus ancestros (“nado como lo hacían mis antepasados” declaró en varias ocasiones). No vamos a meternos con la descripción del estilo de Duke, ya que podéis verlo, a quien le interese, en uno de los artículos publicados por NotiNat en la serie “La evolución del estilo crol” del 2 de febrero de este mismo año 2007, aunque, repetimos, significó un paso de gigante en la consolidación de este estilo.
 
Pero la fama de Kahanamoku no está solo en la natación. El deporte del surf le debe gran parte de la popularidad de que goza, sobre todo en los USA y Australia, donde, aun sin parecerlo, es uno de los deportes más practicados. Como hemos dicho, Duke “surfeó” ya antes de meterse en natación, y en pocas ocasiones, incluso cuando viajaba a los USA o Australia para competir en pruebas de natación, olvidaba su tabla de “surf” para hacer alguna que otra demostración de este deporte, hasta hacer prender la afición por las playas de ambos lados del Oceano Pacífico.
 
En 1908 fundó, junto con sus cinco hermanos, uno de los primeros clubs de surf, el “Hui Nalu” (“El Club de las Olas”), especificando muchos de las reglamentaciones que rigen todavía hoy este deporte, y siendo el primero en idear algunas de las variedades del surf, como el “wind-surf” (es decir con una vela colocada en la tabla de surf); el “tandem-surf” (es decir, “surfear” con otra persona sentada a horcajadas) o el wake-surfing (aplicando un motor fuera-bordo a la tabla de surf). Sus desplazamientos para propagar y desenvolver el surf le valieron el reconocimiento, extra-oficial, aunque no menos efectivo por ello, de “Embajador de Buena Voluntad de Hawai por el Mundo”.
 
Se ganó la vida como “sheriff” de Honolulu a lo largo de más de 30 años (1931 – 1962). Fue uno de los pocos deportistas que ha merecido la entrada en los “Hall of Fame” de dos deportes, natación y surf, así como el tener una estatua en su amada playa de Waikiki, donde, junto a su querida tabla de surf, ve pasar a los miles de personas que se dedican a este deporte, o, también, ser recordado en un sello postal de los USA, editado el 2002.  
 
Murió de un ataque al corazón un 22 de enero de 1968, a los 77 años y medio de edad. En su funeral, 30 policías acompañaron un coro de plañideras que pasearon su cuerpo por Honolulu, bordeando la playa de Waikiki, donde fue incinerado y sus cenizas lanzadas a aquellas aguas que había surcado sobre su tabla durante tantos años.
 
Guillem Alsina