Kusuo Kitamura


Los Ángeles 1932

Estamos en la Villa Olímpica de los Juegos de Los Angeles en 1932. En una de las habitaciones del edificio donde se encuentra la delegación japonesa, un joven, mas bien casi un niño, está sentado frente a una mesa. Delante de él, una hoja de papel en blanco y una pluma. Con mano vacilante y nerviosa el joven coge la pluma y empieza a escribir.

 
                                                                                    Los Angeles, 12 de agosto de 1932
Queridísimo padre mío:
 
Tengo la esperanza de que esta carta llegue pronto a sus manos, pues el correo de Yokohama saldrá de San Francisco dentro de pocos días.
 
Nuestro muy querido entrenador cree que podré alcanzar con facilidad el título olímpico, pero mi opinión personal es que dice eso nada más que para darme coraje y ánimos para la lucha.
 
Sé que no soy más que un muchacho; que su esposa, mi madre, me trajo al mundo hace ahora dieciséis años. No sé si soy lo bastante fuerte para compararme con mi amigo y compatriota Makino, con Taris – enviado por Francia – y, sobretodo, con el americano. ¡Si con el americano!. Usted no puede imaginarse hasta que punto me siento débil, cuan miserables y deplorables me parecen mis marcas, y lo poco que confío en mi éxito cuando pienso en este americano. El hace, más o menos, dos como yo. Ríe siempre y no piensa nunca, ciertamente, en la prueba que ha de disputar. Y yo, en cambio, ni por un momento puedo sustraer de mi pensamiento lo que puede pasar.
 
¡Ah, si usted estuviese aquí, querido padre mío, en estos momentos difíciles, qué inapreciable ayuda me prestaría con sus consejos y su amor!.
 
Mis amigos son, naturalmente, muy amables conmigo, y no es desde luego la disciplina – a la que nos sometemos de buen grado – lo que ensombrece mi vida. ¡Oh, no!. Es que les necesito a ustedes todos; a usted, a mi madre, y también a las hermanas que usted me ha dado. Es que me hace falta aquí la atmósfera de nuestra casa y el cuidado tan especial de que me han rodeado siempre. Tan solo un pensamiento me da fuerzas y ánimo: que luchamos aquí por la gloria de nuestro país, y que, si salimos vencedores, el nombre del Japón resonará hasta en los rincones más escondidos de la Tierra.
 
Lo que usted me escribió a propósito de esto en su última carta me h hecho reflexionar mucho y me he permitido someter el contenido de la misma a nuestro muy querido directivo. Este reunió después a todos mis compañeros y les recomendó que siguiesen su consejo tan admirable. Yo estaba, como es natural, muy orgulloso y satisfecho viendo cuan apreciados eran los consejos de usted.
 
Cuando he escrito que sentía un poco de nostalgia de nuestra casa, no quería dar a entender, sin embargo, que nos faltasen cosas par hacernos agradable la vida. Naturalmente, hasta ahora nuestro modo de vivir está basado en el trabajo del entrenamiento. Pero esto no nos impide en absoluto gozar de los interesantes atractivos que ofrece este país tan diferente del nuestro.
 
Los hombres – y, sobretodo, las mujeres – son aquí de una manera muy particular. Para usted, querido padre, que ha recorrido el mundo entero, las personas de Europa y América no ofrecen nada de interesante. Pero para nosotros, que nunca habíamos salido del país del Sol Naciente, es cosa muy distinta. Especialmente nos hemos visto muy sorprendidos por la “tenue” graciosa y “sans façon” de las mujeres. Usted me contestará que todavía somos muy jóvenes para podernos permitir estas observaciones; pero me apresuro a asegurarle que considero más favorable las costumbres de nuestra casa con la vida tranquila de mi madre y la disciplina de mis hermanas.
 
Llega la hora de meterme en la cama, querido padre, pero antes que el sueño me dé la fuerza que tan necesaria me será mañana para la lucha, pediré a nuestros dioses – tal como usted me ha enseñado – que den fuerza, coraje y firmeza a nuestros músculos.
Mañana, después de la carrera, adjuntaré algunas líneas a esta carta. Acabo, por hoy, no sin rogarle que tengan buen cuidado de mi perro y que den de comer a mis peces de colores, tanto como necesiten. Tengo miedo de molestarles con estas pequeñeces, pero ya sabe usted lo mucho que quiero a estos animalitos.
 
* * * * *
 
P.D.) ¡Mi deseo ha sido realizado!. No puedo explicarle la alegría que siento, no solo por poderle comunicar la noticia – aunque, naturalmente, debe haberla sabido bien pronto – sino, más que nada, porqué he conseguido ser Campeón Olímpico de los mil quinientos metros. Nuestro buen directivo le envía sus saludos y me autoriza para decirle que el año que viene podré dedicar más tiempo al estudio del inglés, de las ciencias y de las otras asignaturas, porque no tendré necesidad de entrenarme tanto.
 
No se puede imaginar lo feliz que me consideraré al volver a casa. No he olvidado que usted me prometió hacerme un regalo si salía vencedor; he reflexionado desde hace tiempo, y por eso puedo decirle ahora que mis preferencias se inclinan por una moto, en el caso, naturalmente, de que usted no me juzgue demasiado joven para este deporte.
También podría, quizás, añadir a mi acuario un par de aquellos peces tan buenos que hemos admirado muchas veces, pero que encontrábamos demasiado caras.
 
Acabo esta carta, querido padre mío, pues tengo el tiempo justo para no correr el riesgo de perder el barco de San Francisco .
Le envío mis más humildes saludos
 
                                                             Kitamura
 
 
Situemos el contexto de esta carta: Kusuo Kitamura, el autor de esta deliciosa carta, que rebosa humanidad se la coja por donde se la coja, participó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, en 1932, nadando los 1.500m.crol. Japón iniciaba por aquellos años su expansionismo político, que terminaría chocando con los intereses norteamericanos, llevándolo a la II Guerra Mundial. Su nacionalismo, como ha ocurrido en otros países, lo llevó a hacer del deporte una de sus armas propagandísticas, y de la natación uno de sus deportes predilectos, colocándose entre las mejores naciones del mundo, hasta alcanzar, en estos JJ.OO. de 1932, el rango de extraoficial campeón mundial al conseguir un claro y rotundo triunfo sobre sus rivales USA.
 
Los japoneses vencieron en todas las pruebas del programa masculino excepto en los 400m.crol, es decir en los 100, 1.500 y 4x200m.crol, 100m.espalda y 200m.braza (únicas pruebas que se disputaban en los Juegos de aquel tiempo) consiguiendo los dos primeros lugares de los 100 y 1.500m.crol y 200m.braza, un histórico “triple” en los 100m.espalda, llevándose un total de 11 medallas (5 de oro; 4 de plata, y 2 de bronce) de las 16 posibles; dos de estos vencedores batieron dos récords, llamémosles “biográficos”, que todavía subsisten hoy en día, setenta y cuatro años más tarde: por un lado, nunca en los 100m.crol ha habido un campeón olímpico tan joven como Yasugi Miyazaki, conquistando el título a los 15 años, 9 meses, y 23 días; por el otro, nunca en la historia de la natación olímpica ha habido un campeón olímpico (si una campeona olímpica) tan joven como Kusuo Kitamura, campeón de los 1.500m.crol a los 14 años, 10 meses y 4 días.
 
Uno de los grandes artífices de este gran triunfo era el entrenador-jefe de la selección japonesa, el genial y “revolucionario” Dr. Ikaku Matsuzawa, Profesor de Química de la Universidad de Tokio y entrenador en sus horas libres, que, junto a su equipo técnico, ofreció al mundo de la natación unas cuantas novedades, entre las cuales el famoso “crol japonés” que tantos triunfos dio a sus nadadores y a otros posteriores (i no solo japoneses, sino también de otros países).
         
En dura lucha con su compatriota Shozo Makino, Kitamura batió el récord olímpico del kilómetro y medio en la 1a.semifinal, 19,51”6, tiempo superado claramente por Makino en la 2a.semifinal, 19,38”7, antes de que en la final, y como colofón de un extraordinario “codo a codo” Kitamura se impusiera a Makino, 19,12”4 por 19,14”1, consiguiendo un nuevo récord olímpico que sobrevivió a los Juegos de 1936 y 1948, y solo fue superado en los de Helsinki-1952, veinte años después.
 
Tres aspectos debemos destacar en la carta de Kitamura: el personal, el general, y el deportivo. En el primero, debemos destacar el respeto que los japoneses sienten por sus mayores (sean estos sus padres, sus entrenadores, o sus directivos); también el párrafo referente a las “stars” y “starlettes”, ya que no podemos olvidar que Hollywood es un barrio de Los Ángeles, y es natural que muchas de aquellas estrellas y aspirantes a serlo, merodearan por la Villa Olímpica, a la “caza” de cualquier fotografía que pudiera ofrecerles un poco más de propaganda; en este párrafo, Kitamura se cura en salud, asegurando a su padre que prefiere la vida hogareña, aunque no sabemos si en las conversaciones con sus compañeros usaría un lenguaje tan modoso (para aquellos de nuestros lectores que no dominen el francés, digamos que “tenue” significa “comportamiento”, “modales”, y “sans façon” significa “despreocupado”, fresco”, “de costumbres liberales”).
 
En el aspecto general, destaquemos la humildad del joven Kitamura, así como su patriotismo, suponemos que inculcado desde la escuela. Por otro lado, un aspecto ya conocido de la sociedad japonesa, su gran afición a los peces (el Emperador Hiro Hito fue un reconocido oceanógrafo e ictiólogo, poseedor de un de las mejores colecciones vivientes de peces) por lo que cabria preguntarse si esta intensa relación con el agua, ha tenido que ver con la afición a la natación que siempre ha demostrado el pueblo japonés.
En el aspecto deportivo, destacar el respeto y consideración que tiene por Matsuzawa (el “nuestro muy querido entrenador” de la carta) y por sus directivos; y la total entrega a la férrea disciplina de los entrenamientos, sacrificando incluso el curso escolar, como puede deducirse, poco más o menos, por sus comentarios de que al año siguiente, 1933, iba a poder dedicar más tiempo a ellos.  
 
Finalmente, desearíamos poder aclarar a nuestros lectores si nuestro joven amigo consiguió los premios que se le habían prometido: la moto, y “aquellos” peces de colores, pero, desgraciadamente, no hemos podido averiguarlo. Lo que si podemos decir es que Kitamura sobrevivió a la II “Gran Locura Mundial”, y años después se convirtió en un respetado Presidente de la Federación Japonesa, muriendo el 6 de junio de 1996, a los 78 años de edad.
 
P.D.) Esta carta fue publicada en catalán en el Boletin del C.N.Barcelona de marzo de 1933; años más tarde, en castellano, en el boletín de la F.C.N. (no recuerdo la fecha exacta, pero debió ser entre los años 1957 y 1959) con unos comentarios de Antonio Massisimo (del cual he tomado la pauta para mis comentarios) y por mi mismo en la web de la, desgraciadamente, desaparecida AnCat, el pasado año, 2006.
 
Como yo siempre había oído hablar de Kitamura como de un casi niño de menos de 15 años, y en la carta él mismo indica que tiene casi 16, cuando estaba preparando mi libro “D’Atenas a Atenas. Història de la natació Olímpica”, me tomé la molestia, para aclarar de una vez este punto, de escribir a la Federación Japonesa, para indagar la fecha exacta de su nacimiento. La respuesta fue, 10 de septiembre de 1917, por lo que queda claro que cuando se proclamó campeón olímpico le faltaban 57 días para cumplir los 15 años. Es de suponer que lo de los 16 años fue algún error de traducción en origen (no pudo ser un error tipográfico, por cuanto en el original en catalán este 16 está escrito en letras).
 
Guillem Alsina