Apuntes sobre la historia de la natación

Sabido es que la natación no tenia sitio en las competiciones olímpicas que se celebraban en la antigua Grecia, pero ello no significa, ni mucho menos, que el arte de la natación no fuera conocido por aquel pueblo, y por algunos otros que vivían en aquel despuntar de la civilización. En realidad, se hace difícil pensar que el hombre, por más primitivo que fuera, no supiera nadar. Los más primitivos, en su deambular por este mundo, en busca de comida y refugio, debieron encontrarse con lagos y ríos donde poder acampar para pescar y aplacar su sed. y no se nos hace difícil pensar que en alguna ocasión, por la causa que fuere, alguno de ellos estuviera en peligro de ahogarse, por lo que se esforzara en salir del agua, y viera, ¡oh bendito milagro!, que efectuando ciertos movimientos conseguía salvarse, y no solo esto, sino que incluso conseguía avanzar en el agua. Era el primer nadador, y, seguramente, el primer entrenador, puesto que, es de suponer, ofrecería su sabiduría a todo su clan, fortaleciéndolo.
 
Pero dejémonos de soñar ( ¡ por qué dejar de soñar ! ) y vayamos a la cruda realidad. y esta nos dice que fue en Egipto donde parece que la natación se practicó con mayor asiduidad, lo que no deja de ser lógico, si tenemos en cuenta que gran parte de su población vivía agrupada en torno a un río, el Nilo, y a una red de canales que “remojaba” toda aquella tierra, lo que hacia bastante fáciles los accidentes y muertes por caída, ya fuera al río, o a los canales. Se dice que a todos los egipcios que, por su profesión, tenían algo a ver con el agua, se les enseñaba a nadar, i, por lo que parece, los pescadores y buceadores egipcios eran sumamente apreciados por su destreza en el agua.
 
De los fenicios, otro de los pueblos que “deambulaban” por el Mediterráneo para comerciar con productos de unos y otros, se dice que acostumbraban a llevar en sus barcos hombres especialmente adiestrados en la natación, que se ocupaban tanto de desbrozar las entradas de los puertos por acumulación de piedras y arena, como de salvar vidas y haciendas cuando un naufragio así lo exigía. Su destreza la heredaron los cartagineses, pueblo comerciante que se vio obligado a entrar en numerosas guerras como consecuencia de su enfrentamiento con los romanos por el dominio del Mediterráneo.
 
El polígrafo griego Flavio Filóstrato nos dice, en su “Vida de Apolonio de Tiana” que el rey Fraotes hizo construir un estanque con agua corriente al lado de un campo de juegos (vaya, lo que hoy en día seria un “complejo deportivo” con todas las de la ley). Cuando el rey se hartaba de lanzar discos, jabalinas, o de correr, iba a zambullirse, relajándose con un poco de natación. De los griegos se dice que eran grandes nadadores, lo que tampoco debe extrañar, teniendo en cuenta el gran número de islas que formaban parte de aquella civilización. Así, podemos leer en el Libro de Leyes, escrito por Platón (hacia el 355 a.d.C.) “ ¿debería confiarse un cargo oficial a personas que son lo contrario de gente culta, los cuales, según el proverbio, no saben ni nadar ni leer? “. Ya les venia de lejos a los griegos este amor por la natación, puesto que por lo que nos dice Nonnus de Panópolis en su obra “Las Dionisíacas” sobre la vida de Dionisos (el equivalente del Baco romano, dios del vino) este dios tenia la costumbre de enzarzarse en competiciones de natación con su bello compañero Ampelos.
 
Otros y otras componentes de la panoplia de dioses griegos tampoco le hacían ascos a la práctica de la natación, aunque en ocasiones pudieran verse envueltas en problemas.
Así, en “Las Metamórfosis” de Ovidio podemos leer los problemas que tuvo la ninfa (habitante de las fuentes) Aretusa de Elis : “un día que regresaba fatigada de la caza de Stínfalo, acalorada por el sol ardiente, pasaba cerca de un arroyo, por donde el agua corría tan clara que podía contar sin ningún esfuerzo todos los guijos que en el fondo había. Las orillas del arroyo estaban plantadas de árboles, los cuales proporcionaban agradable frescor. Colocada al borde del río – cuenta ella misma – metí los pies primero, entré hasta la rodilla después y quitándome las blancas vestiduras, de un salto me tiré desnuda dentro de las aguas. Mientras cruzaba a nado el río, oí desde el fondo un ruido que me asustó, ganando rapidísimamente la orilla más próxima. ¿Por qué huyes, bella Aretusa ?, gritó entonces Alfeo. Mis vestiduras, desgraciadamente, se encontraban en la otra orilla, viéndome obligada a correr en el estado en que me encontraba. Alfeo, que me perseguia, de congratuló de un conquista fácil. Yo huía con todas mis fuerzas, y él corría cerca de mi con todo el vigor de que era capaz”. Para tranquilidad de nuestros lectores, digamos que no llegó a alcanzarla, aunque la persiguió
a través de pueblos y montañas, gracias a la diosa Diana, de quien imploró extrema ayuda.
 
El viejo Homero nos ofrece igualmente más de una prueba de lo apreciada que era la natación en su querida patria griega. Cuaneta en la Iliada que cuando Aquiles salió furioso a la llanura de Troya, y arremetió contra los Teucros, persiguiéndolos: “en un momento todo el rio se llenó de hombres que hacían desesperados esfuerzos para vencer la impetuosa corriente del voraginoso Janto, engendrado por el poderoso Jupiter, y alcanzar la orilla opuesta a nado”.
 
En la belicista Esparta, los lacedemonios jóvenes se dedicaban a un violento espectáculo que consistía en formar dos bandos en un muelle rodeado de canales, abalanzándose los dos bandos, tratando de tirarse al agua unos a otros. Ganaba el que más adversarios echaba al agua, pero sin que pudiera ayudarse para nada a los que caían, por lo que, si querían salvarse, tenían que saber nadar.
 
Tisandro, hijo de Cleócrito, célebre pugilista que vivía en la isla de Naxos, fue uno de los grandes vencedores de los Juegos Olímpicos, invencible durante 12 años, del 540 al 528 a.d.C., en las ediciones 60, 61, 62 y 63 de los Juegos, decía que debía a la natación una parte de sus triunfos, ya que despues de sus entrenos de pugilato, conservaba su salud, su agilidad y flexibilidad, nadando en mar abierto. Era costumbre que aquellos antiguos atletas se bañaran en rios, lagos o arroyos, durmiendo al aire libre la sobre la tierra, cuya dureza atenuaban con pieles y hierbas cortadas.
 
Los isleños de Delos fueron considerados, durante mucho tiempo, los mejores nadadores. Como la fama de estos era proverbial, se cuenta que Sócrates, un día en que se le hacia difícil explicarles a sus alumnos unos pasajes del filósofo Heráclito, raros y embrollados, exclamó: “para poder orientarse entre tanto escollo haría falta ser nadador de Delos”.
 
Y no digamos, para terminar, y no extendernos más, lo que nos cuenta la leyenda de Hero y Leandro, la bella sacerdotisa de Systos, consagrada a Venus, y el joven Leandro, enamorado de ella, pero a la cual, lógicamente, no podía aspirar, al estar ella consagrada a una diosa. La cosa no acabó muy bien para ninguno de los dos, puesto que Leandro murió ahogado y Hero se suicidó al saber que su amado había muerto. Creo que hemos tocado este trágico asunto de “natación-rosa” en Notinat, pero quizás algún día vamos a repetir, ampliándolo un poco más.
 
Si nos vamos a Asia, se dice que ya en tiempos del emperador japonés Sugiu (38 a.d.C.) se celebraban manifestaciones deportivas, entre las cuales competiciones de natación.
Y en el Kama-Sutra ( “El Arte de Amar” ) escrito en sánscrito por el sabio Vatsyayana, (hacia el 60 d.d.J.) se dice que una de las 64 artes adecuadas que debe saber toda muchacha que quiera ser amada, es la natación.
 
Otro de los pueblos que gustaban de la natación era el judío, pueblo costero, vecino de los fenicios. Isaías, hijo de Amós, el primero de los cuatro profetas mayores, anunciando la destrucción de Moab, nos dice: “y extenderá sus brazos debajo del carro, como los extiende el nadador, para escapar a nado; pero el Señor abatirá su altivez, rompiéndole sus brazos”. y los hijos de Jambri (atacados por Simón Macabeo y su hermano Jonatás, para vengarse de la muerte de su hermano Juan) pueden apenas escaparse gracias a que, nadando, pudieron atravesar el río. O el historiador Flavio Josefo, que naufragó en su viaje a Roma, y tuvo que salvarse nadando durante toda la noche, hasta poder ser recogido por otro barco.
 
De los romanos también puede decirse que fueron excelentes nadadores. Sus famosos legionarios se sumergían en el río Tíber para quitarse el sudor y el polvo de sus cuerpos, después de haberse entrenado en el Campo de Marte de la capital, Roma. Virgilio nos describe en su Eneida a Turno, hijo de Dauneo, rey de los rútulos, en un momento de la batalla contra Eneas, tirándose cubierto de sudor, sangre y polvo, y falto de aliento, al Tíber, equipado con todas sus armas: “sus tranquilas aguas, luego de lavarle la sangre que le cubre y haberle dado sosiego y descanso, le restituyen de nuevo gozoso a su ejercito en busca de nueva pelea”.
 
Nuestro buen amigo Escipión el Africano, animaba a sus soldados dando ejemplo, y lanzándose a la cabeza de sus tropas para cruzar los ríos a nado, llevando la coraza puesta sobre su espalda. Los tres generales más famosos de la República, Cayo Julio Cesar, Cayo Magno Pompeyo, y Marco Antonio, fueron, los tres, hábiles nadadores, que tampoco dudaban en encabezar a sus tropas cuando se trataba de cruzar ríos o lagos. Horacio, en el 20 a.d.C. aconsejaba a los jóvenes que, si querían dormir bien, atravesaran el Padre Tíber a nado cada día. Se dice que Nerón, queriéndose deshacer de su madre Agripina, la hizo embarcar en un barco que debía partirse en dos en plena altamar. El barco, efectivamente, se partió en dos, pero al bueno (¡¡) de Nerón le salió “el tiro por la culata” puesto que su madre (que al fin y al cabo no era mucho mejor que él) sabia nadar perfectamente y pudo alcanzar la costa refugiándose en su villa del lago Lucrino, donde su hijo la hizo asesinar (que es mucho más seguro que esto de la natación).
 
Tampoco los pueblos “bárbaros”, germanos, francos, y “tanti quanti”, escaparon de aficionarse a la natación. De los germanos se dice que las madres, verano e invierno, sumergían a sus hijos desde tierna edad en las aguas de los ríos, para fortalecerlos y acostumbrarlos a las inclemencias del tiempo. Tácito nos cuenta en uno de sus libros de historia, hablando sobre los preparativos de ataque de una tribu “bárbara” (creo que habría mucho que discutir sobre quienes eran más bárbaros, si los “bárbaros” o los romanos) : “tal era la configuración del lugar de engañosa, por los vados inciertos y por tanto adversa a nosotros, que los soldados romanos con armas pesados tenían miedo de nadar, mientras que los germanos, acostumbrados a atravesar los ríos, encontraban en la ligereza de sus armas y su gran corpulencia, modo de desenvolverse en el agua”.
 
Plutarco nos cuenta en “Vida de Mario”, que este general ganó una batalla a los teutones por el simple procedimiento de sorprenderles mientras sus guerreros tomaban con fruición baños calientes. Julio Cesar escribe que en Aix del Ródano (la actual Aix-en-Provence) y pese a la rigurosidad de sus costumbres, los dos sexos nadaban juntos en el río. Tácito nos cuenta que un escuadrón de bructeros (habitantes entre el Mosa y el Rin) atravesó este último rio armados con todas sus armas, y presentó batalla a los romanos de Claudio Civilis, y su sobrino Verace, los cuales fueron derrotados y tuvieron que huir atravesando ambos a nado el río.
 
Dejemos constancia de las palabras con las que la reina británica Bunduika, una espléndida mujer nórdica con cabellos rubios hasta más abajo de la cintura, arengó a los que se oponían al dominio de Britania por parte de los romanos (6 d.d.C.) : “esos (los romanos) se encuentran en trances muy difíciles al atravesar los ríos con vehículos y otros ingenios, mientras que nosotros los pasamos fácilmente, nadando desnudos. ¡Adelante!”.
 
Finalmente, hablemos de Sorano, el más famoso nadador “bárbaro” entre los romanos, miembro de un escuadrón bátavo (tribu germana) que acostumbraban a reclutar algunos generales romanos para iniciar los ataques cuando entre ambos bandos combatientes había agua. Se dice que el emperador Adriano, admirado por sus hazañas, le llegó a dedicar incluso un honroso elogio:
 
Me hice una vez pero que muy conocido
por todas las tierras del país panónico,
pues de mil guerreros bátavos fui yo primero
quien ante los ojos de Adriano atravesara  
nadando con equipo completo en toda su anchura,
las revueltas aguas del Danubio, que es un gran río.
 
Muchos otros testimonios podríamos ofrecer a nuestros lectores de la afición que sentían los pueblos antiguos por la natación, pero hemos creído que con estos hay más que suficientes.
 
Guillem Alsina